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EL BUEN DICTADOR II – La Expansión

Gonçalo JN Dias





Smashwords Edition









Copyright 2019 Gonçalo J. N. Dias



Título: El Buen Dictador II – La Expansión

Autor & Traductor: Gonçalo J Nunes Dias

Data de impresión: marzo de 2019

Revisión: Edurne Blas & Unai Sasuain

Portada: Izzy Designers





“La revolución siempre estuvo en manos de los jóvenes. El joven siempre hereda la revolución.”

Huey Newton





















A mis padres y hermana









15 AÑOS DESPUÉS





VIAJES



I



Jean-Pierre confirmó por tercera y última vez que la verja que daba a su propiedad estaba bien cerrada. Sus dos hijos ya le esperaban en el carro de caballos, acompañados por un vecino, que amablemente, iba a transportar a los tres hasta la estación de tren más cercana.

Al subir al carruaje, se sentó cómodamente y dio la señal para que éste arrancara. Le entró algo de angustia al verse alejándose de su château, pero intentó esconder esa sensación y fingió encontrarse relajado y despreocupado, forzando una sonrisa falsa que no pudo engañar a sus hijos.

- No te preocupes, padre, todo va a salir bien, enseguida estaremos aquí de nuevo. – dijo Matthias, su único hijo varón de tan sólo veintiún años.

- Sí, ya lo sé, no estoy preocupado. – comentó su padre.

Intentó disfrutar del viaje de dos horas que tenía por delante, pero su pensamiento recaía constantemente en las tareas agrícolas que iba a dejar en manos de su buen y viejo vecino. Enumeró repetidamente los distintos trabajos que tendrían que hacerse en su ausencia, con recelo de que hubiese alguno que cayera en el olvido.

Observó que muchos viñedos, antaño abandonados, estaban ahora, poco a poco, siendo recuperados; la maleza había sido extraída y las pequeñas vides podadas parecían dispuestas a revivir las glorias de otros tiempos, cuando el vino de Burdeos era el más prestigioso de todo el mundo. Era una señal de que la civilización volvía también a su cauce.

El recorrido hasta la estación de tren se realizó casi en su totalidad por carretera asfaltada, donde se cruzaron con otros carros de caballos, pequeños y modernos vehículos solares y en algunas granjas avistaron tractores, lo que les causó alguna sorpresa. Cuando llegaron a la pequeña localidad de Le Barp, el vecino se despidió de Jean-Pierre y de sus hijos, deseándoles una agradable estancia en Biriatu.

Los tres familiares se dirigieron a la estación con sus humildes y viejas maletas, y aguardaron en el andén de embarque a que viniera el tren. A la hora señalada, el esperado medio de transporte apareció y los tres subieron junto con otros dos pasajeros.

Tanto la locomotora como los vagones estaban revestidos en la parte superior por paneles de energía solar, que producían la potencia suficiente para que el vehículo pudiese recorrer miles de kilómetros. En el interior, los asientos eran razonablemente confortables, estaban dispuestos de dos en dos y Jean-Pierre se sentó solo, mientras que delante de él se quedaron sus dos hijos. El padre no pudo dejar de notar la alegría de sus descendientes, al entrar por primera vez en un tren, parecían dos niños que reían y comentaban en voz alta los detalles del vagón.

La locomotora pitó, como en la Era Antigua, y las pesadas ruedas empezaron a girar. Jean-Pierre hizo un pequeño esfuerzo mental, para intentar recordar la última vez que había viajado en algún transporte público. Ciertamente fue en París, antes del ataque y casi seguro en el metro parisino. Hace quizá quince años, o más, en otra vida, cuando aún era joven, casado, ambicioso y de clase media alta.

Miró a sus hijos y entonces se dio cuenta de algo importante: había vencido; había logrado engañar a la muerte. Su objetivo estaba cumplido. Consiguió criar a sus tres hijos, a pesar de todas las adversidades que habían sufrido en los últimos quince años. Recordó a su difunta esposa e imaginó que ella estaría orgullosa de su trabajo. Contempló a su hija, que se encontraba delante, una hermosa joven de diecinueve años, de pelo lacio y rubio, ojos verdes y una nariz un poco puntiaguda, idéntica a su progenitora y su mente voló a la Era Antigua, antes del ataque.

Se acordó de los viajes diarios de metro que efectuaba con su esposa; los dos se dirigían a sus respectivos trabajos, eran abogados. Vivían en la zona moderna del barrio latino, en París, en un apartamento de casi 200 m2. Tenían una sirvienta que les auxiliaba con los quehaceres domésticos y también se ocupaba de llevar y traer a los niños al colegio.

Tenían una vida cómoda, de clase media alta. Ella trabajaba en la empresa de abogados de su padre, una prestigiosa firma que defendía, sobre todo, delitos de guante blanco o clientes con poder económico. Mientras él trabajaba en otro bufete de abogados, lidiando con crímenes cometidos por personas menos pudientes, pero, aun así, un negocio bastante próspero para la empresa que él representaba.

Se habían conocido en la facultad de derecho de la capital francesa; se enamoraron y el hecho de que su suegro fuera un reputado abogado del mercado ayudó a que Jean-Pierre pidiese la mano de Annie en matrimonio, justo después de finalizar la carrera. Su suegro les ayudó a obtener buenos y bien remunerados puestos de trabajo.

Los años pasaron y llegó Matthias, el primer retoño de la pareja, y, dos años más tarde, nacieron las gemelas. Era una familia aparentemente feliz, económicamente saludable, con vacaciones en lugares exóticos, frecuentaban clubes privados con la crème de la crème de la alta sociedad parisina; los niños estudiaban en un colegio privado y caro.

Cuando un objeto aparcó en la Luna y empezaron los primeros disturbios en los suburbios, que fueron avanzando hasta la capital francesa, Jean-Pierre y Annie decidieron viajar hasta el château de su suegro, que se encontraba en la zona vinícola de Burdeos. Aprovecharon para hacer una especie de mini vacaciones hasta que la situación se tranquilizase, pero las ciudades se convirtieron en polvo y ellos quedaron confinados en la granja.

Incrédulos, no sabían cómo comportarse. Al inicio, aún tuvieron la esperanza de que el Estado se recompusiese rápidamente y se reinstaurase la vieja orden. Las primeras semanas, Jean-Pierre, junto a otros vecinos, fueron asaltando casas que estaban abandonadas buscando comida, semillas, armas o ropa, pero cuando ya no había más casas que saquear en las cercanías, la situación se fue agravando.

Jean-Pierre no sabía absolutamente nada de agricultura, nunca había disparado un arma y no conocía el arte de cazar animales. Mientras duró el verano, la familia comió lo que había en la despensa, lo que se había obtenido a través del asalto a las casas, las uvas de los viñedos y algunos frutos del pequeño huerto que había en la propiedad. Con la llegada del invierno, la situación empezó a ser preocupante: la comida era escasa. Se alimentaban, sobre todo, de bayas, raíces, algunos cereales y pequeños peces que había en un lago cercano. Los niños se quejaban de hambre.

Para empeorar la situación, surgieron los primeros actos de violencia en la región. A plena luz del día, hombres armados entraban en las casas buscando comida y, según rumores, violaban mujeres y hasta incluso practicaban el canibalismo. El miedo se apoderó de la familia Leduc.

Decidieron hacer una especie de búnker en el sótano, donde guardaban la comida y dormían. A finales de febrero, tuvieron la visita de tres hombres barbudos con armas de fuego.

Los hombres entraron en la propiedad al inicio de la noche, el ruido de los cascos de los caballos sirvió de alarma para que los cinco miembros de la familia se escondiesen en el refugio improvisado. Jean-Pierre, con su única escopeta en mano, estaba rígido y tenso en las escaleras que daban acceso al sótano, esperando a que los ladrones descubriesen el lugar. Annie estaba rodeada por los tres niños e iluminada por la luz débil de una vela. Los hijos se tapaban la boca para que ninguna palabra o gemido les pudiese salir. Todos temblaban. Las gemelas, con los ojos saltones, tenían ganas de llorar, mientras su hermano miraba presa del pánico a su padre. Los tres asaltantes revolvieron la casa, buscaron en todos los rincones algo útil, pero, sobre todo, comida. A duras penas, la madre consiguió mantener los hijos en silencio, mientras en la parte superior de la casa se oía todo tipo de ruidos. Jean-Pierre estuvo a punto de salir arma en mano e intentar matarlos, pero su esposa le hizo señales, pidiendo que no los abandonara. Por fin, después de casi dos horas de angustia, los tres hombres salieron de la casa.

Este acontecimiento fue un duro golpe para la moral de la familia, además de tener que luchar para obtener comida, contra el frío, la soledad y la falta de productos de primera necesidad, ahora también tenían hombres armados que venían con malas intenciones. Annie fue el principal miembro de la familia en acusar ese desanimo:

- No hay esperanza, Jean-Pierre. El Estado desapareció; estamos a merced de la ley del más fuerte. No tenemos comida para dar a nuestros hijos, ni ropa, ni calzado. Parecen unos mendigos, vestidos con harapos, delgados y sin atención médica. No podemos criarlos en estas condiciones.

- Tranquilízate, Annie, las cosas van a mejorar: el Estado va a resurgir. La primavera está llegando, conseguiremos plantar algo, montaremos trampas para cazar animales y pescar peces; las cosas mejorarán.

- No seas ingenuo, sabes perfectamente que no vendrá ningún Estado ni policía, quienes vendrán serán más hombres hambrientos y violentos, y la próxima vez, nos encontrarán, te matarán a ti, tus hijas y yo nos convertiremos en esclavas y tal vez se comerán a tu hijo.

- ¿Cuál es la solución, Annie? ¿Huir? – gritó.

- ¿Huir a dónde? El mundo que conocíamos ya no existe. Este mundo es horrible. – Annie, muy alterada, también gritaba.

- ¿Cuál es la solución?

- Nos tomamos los comprimidos que nos quedan y nos dormimos todos para siempre. Una muerte sin dolor.

- ¡No vuelvas a decir eso! ¡Te lo prohíbo!

Fue su hijo Matthias el que encontró a su madre dormida en el pajar, con un frasco de pastillas en la mano derecha. Hicieron un hoyo en el terreno y la envolvieron en unas sábanas y flores que brotaban esa primavera. Jean-Pierre intentó ocultar el suicidio, diciendo que Annie había muerto sin dolor, que se durmió, que fue llamada por Dios.

Curiosamente, después de la muerte de la progenitora, la situación de la familia fue mejorando. Con la primavera surgieron nuevas plantas, semillas, frutos, bayas y cereales. Crearon trampas para atrapar animales y poco a poco empezaron a adaptarse a la naturaleza y a sacarle provecho. Vinieron más hombres, a algunos Jean-Pierre les hizo frente con la escopeta, de otros se escondió en el sótano con sus hijos. Éstos crecían, y rápidamente perdieron la inocencia de la infancia y fueron ocupando obligatoriamente cada uno su lugar en la familia, para llevar a cabo el objetivo primordial: la supervivencia.

Los años pasaron y los niños se convirtieron en adolescentes. Jean-Pierre intentaba darles una educación basada en la Era Antigua: hablaba de ciudades, países y personas que ya no existían; historias de otro mundo, donde había leyes, policía, un Estado, televisión, música y tiendas donde se podía comprar de todo. A veces, dudaba de que sus hijos le creyesen, que aquello eran historias de ciencia ficción para alegrarles el corazón.

Primero vinieron los Vándalos, un grupo de hombres sin ley, que se habían unido y dominaban una extensa área en la Europa Central, entre los Alpes y Zeebrugge, en la antigua Bélgica. Era un grupo que se dedicaba a robar, saquear, matar y violar. Una vez más, el miedo se apropió de la familia Leduc. Podrían aparecer cualquier día, no andaban tan lejos. Aumentaron los cuidados: vigilaban la propiedad noche y día, por turnos. Y cuando parecía que jamás verían una luz al fondo del túnel, surgieron los primeros rayos de sol llegados del oeste.

Decían que venía una nación fuerte desde la Península Ibérica, que traían paz, orden, seguridad, salud y organización. Al llegar los primeros soldados de la tal nación Serrana, fueron recibidos con alegría. Prometieron democracia, justicia, libertades y, sobre todo, seguridad contra los Vándalos. Promovieron elecciones para escoger los representantes políticos de la región, abrieron escuelas, un centro de salud, un juzgado, crearon mercados y tiendas, colocaron cámaras para vigilar personas, caminos y bienes.

Para Jean-Pierre la llegada de los Serranos fue la constatación de que la humanidad había resistido, que había esperanza para sí mismo, pero, sobre todo, para sus hijos. Algunos acusaban a la nación Serrana de falta de transparencia o utilización abusiva de los medios de comunicación, pero Jean-Pierre, que había vivido días de hambre, miseria, soledad y una tremenda falta de fe en la humanidad y en el futuro, defendía la nación Serrana con uñas y dientes.

Jean-Pierre fue despertado de sus pensamientos y recuerdos por sus hijos; una joven azafata pidió los billetes de tren a la familia. Matthias fue el primero en entregar el billete y se quedó fascinado con la belleza de la joven trabajadora. Tenía un aire eslavo, un hermoso acento francés y usaba un perfume con un suave olor a almendras. Ella sintió la mirada indiscreta de Matthias y le miró con repudio; él tenía las manos, uñas, rostro y pelo sucios. Su vestimenta eran auténticos harapos y sus zapatos tenían varios agujeros. Matthias sintió ese desprecio en la mirada de ella, que fue reforzado cuando dos soldados, vestidos elegantemente con uniformes de la nación Serrana, pasaron al lado de ella. La azafata respondió al saludo de éstos con una larga sonrisa y una mirada cómplice.

Jean-Pierre había asistido a toda la escena y vio cómo su hijo se quedó cabizbajo, pensó en animarlo con alguna frase hecha, pero creyó que tal vez no fuese el mejor momento y permaneció en silencio. Sentía un enorme orgullo por su primogénito, un joven trabajador, fuerte, dedicado a la familia, que nunca se quejaba de nada y tenía buen corazón. Era admirable como Matthias tenía una constitución física tan impresionante, a pesar de la falta de alimentos con la que, a veces, habían tenido que lidiar. Medía 1.90 m, un rostro ovalado con maxilar bien delineado, un pelo lacio, castaño claro y unos ojos verdes con largas pestañas. A fuerza de trabajar en la agricultura, había esculpido un cuerpo bien musculado, espaldas amplias y hombros anchos, así como unas piernas fuertes, que hacían recordar a algún atleta olímpico de los cien o doscientos metros lisos.

Jean-Pierre sabía que sus hijos no habían tenido una adolescencia normal. No habían asistido a ninguna escuela, no habían tenido amigos ni los primeros amores y desengaños típicos de la edad. Intentó enseñarles lo que era el amor, pero siempre sintió que era un pésimo profesor en ese campo, y, al estar aislados del resto de los humanos, tenían pocas opciones de descubrir aquello que su padre intentaba transmitirles.

El altavoz anunciaba, en varios idiomas, que la próxima estación era Biriatu. La familia Leduc recogió sus pertenencias rápidamente y se dirigió a la puerta de salida. Estaban todos ansiosos de volver a ver a la otra hermana de Matthias, que fue a la localidad de Biriatu después de sufrir un pequeño accidente doméstico. Todo había sucedido cuando estaban arreglando el tejado, al resbalar una de las gemelas con una teja y caer al suelo en picado. Se rompió una pierna y la llevaron al centro de salud más cercano. Jean-Pierre alabó a Dios por que la nación Serrana hubiese venido y abierto aquel pequeño centro. Una médico y un motorista la llevaron en la única ambulancia existente hasta el hospital más cercano, en Biriatu. Una semana después, los restantes miembros de la familia hacían ese viaje de poco más de doscientos kilómetros para volver a reunirse.

En la estación, esperándoles, con muletas y la pierna escayolada estaba la otra gemela. Los tres corrieron en su dirección y la abrazaron, entre risas y lágrimas, estaban de nuevo reunidos. Jean-Pierre, emocionado, se dio cuenta de que había cumplido su objetivo: había salvado a sus hijos, que ahora ya eran adultos y habían conseguido salir del nido.





II



Sara trotaba encima de su caballo, a ritmo lento y relajado, a su lado estaba una amiga que intentaba distraerla y animarla por la inevitable separación que se acercaba.

- Sara, ¿te has despedido de Marcos?

- ¡No! ¿Por qué? – Sara sonrió un poco, sabía a donde quería llegar la amiga.

- Bien, entre vosotros llegó a haber algo, ¿no? Creo que él está enamorado de ti.

La amiga sonrió y, con la mano derecha, se tapó ligeramente la boca, para que los dos hombres que iban a unos treinta metros adelante no la escuchasen. Sara no contestó, rio y mostró sus dientes blancos y perfectos; arregló su pelo de forma que pudiera recibir los rayos de sol directamente en el rostro. La amiga continuó:

- No sé cómo lo haces, pero eres una rompecorazones. - soltando una carcajada y sin molestarse si los hombres la oían o no. – Tienes que contarme el secreto de tu éxito.

Sara seguía divertida y esperaba que el viaje a caballo no terminase tan pronto, que su maestro, que se encontraba adelante, no diese la orden de parar, ya que cuando lo hiciese, ella tendría que emprender con él a un largo camino a pie, dejando atrás a su amiga.

Sara era una joven de veintidós años, con el rostro redondo, hermoso, bastante morena; entre sus amigos se ganó el apodo de Pocahontas. Tenía unos ojos grandes, casi negros y un pequeño lunar redondo en mitad de su mejilla. Su pelo era largo, fuerte, oscuro y lo peinaba siempre con dos trenzas laterales que se cruzaban en la parte trasera del cuello. En aquel momento, llevaba una margarita blanca en el pelo. Era alta y tenía una postura muy femenina; era piropeada muy a menudo por los hombres.

- ¿Crees que todavía seguiremos juntas muchos kilómetros? – preguntó Sara un poco ansiosa.

- Es posible, no lo sé. ¿Estás nerviosa?

- Un poco. – Sara bajó la mirada y su amiga se quedó con un aire triste y turbado.

- No tienes por qué preocuparte, tú estás preparada, entrenaste muchísimo para esto.

Sara estuvo a punto de decir alguna palabra, pero sólo le salió un pequeño suspiro de tristeza o podría ser también de resignación.

- Verás, Sara, - dijo la amiga, intentando cambiar de tema y hablando con un aire jovial – aquí, en este mismo lugar, vivían más de tres millones de personas, en una ciudad que se llamaba Madrid y a su alrededor otros tres millones o más.

- ¿De verdad?

- Sí, lo vi en un documental. Las personas vivían en pequeños apartamentos y tardaban una o dos horas en llegar a sus trabajos; había pocos árboles y estaba todo lleno de carreteras y coches. La gente respiraba el humo de los vehículos, que circulaban por la ciudad y que funcionaban con gasolina. Tenían pocos conocimientos ambientales.

- ¡Qué raro!

Sara miraba a su alrededor intentando imaginar lo que le contaba su amiga, no había prácticamente ningún vestigio humano en el paisaje, a no ser del pequeño sendero por donde cabalgaban. La vegetación estaba constituida por algunos robles y hayas, pero sobre todo por arbustos de baja dimensión.

- ¿Sería esa la razón por la que los extraterrestres nos atacaron? ¿Por contaminar y no respetar a las otras especies?

- No lo sé, Sara. Aunque el mensaje de ellos dio a entender eso.

Los hombres que iban delante pararon y Sara supo que su viaje a caballo había llegado al fin; a partir de ahora, ella iba a caminar con su maestro hasta que él la dejase sola, para seguir su misión. Las dos mujeres se acercaron a los hombres y bajaron de los caballos. Sara no se resistió y abrazó a su amiga entre lágrimas.

- No puedo, tengo miedo.

- No llores, por favor, Sara, ya verás como lo vas a conseguir. Has entrenado para esto, eres una ganadora.

Sara se recompuso y se limpió las lágrimas. Colocó su mochila a la espalda y le dio dos besos a su amiga.

- ¿Nos volveremos a ver, querida amiga?

- Estoy segura que sí, Sara.

Sara y su maestro dejaron los caballos atrás y siguieron el camino en silencio, acompañados únicamente por los sonidos circundantes de la naturaleza. Se dirigían al Este.

Después de más de una hora de caminata, Sara pensó en iniciar alguna conversación con su maestro, para romper el silencio que ya empezaba a ser incómodo. Al pronunciar las primeras sílabas el hombre paró, y con la mano derecha hizo señal para que Sara se detuviese y se mantuviera en silencio. Cuidadosamente, sacó su arco y cogió una flecha, colocó ésta en la cuerda y, girándose sólo con los pies en una posición de 90 grados, apuntó a un lugar en medio de la vegetación. Silencio; algo de tensión en el aire, Sara miraba al sitio y no vislumbraba nada. La flecha voló y se oyó el chillido de un animal. Se acercaron al lugar donde éste había salido y, entre la vegetación, una liebre gemía y pataleaba presa del dolor, con la flecha clavada en su lomo. El hombre le dio un golpe en la cabeza con la punta del arco y terminó con el sufrimiento del animal.

- Ya tenemos cena. Sara, quiero que desuelles esta liebre, mientras yo iré a buscar leña y un lugar para dormir.

Ella preferiría haber ido a buscar la leña y no tener que despellejar al pobre animal. Era una actividad que no le gustaba en absoluto; siempre terminaba con las manos y la ropa sucia de sangre y, además, no había ninguna fuente para limpiarse.

Después de colocar la liebre en el fuego, el hombre habló con aire paternalista a la joven:

- Durante el camino que hagas sola, tendrás que ir en silencio y en completa armonía con el ambiente de tu alrededor. Tendrás que oler, oír y sentir la naturaleza, cualquier movimiento u olor extraño tendrá que ponerte en alerta. – hizo una pausa, miraba al fuego como si estuviera hipnotizado, sin fijar la vista en su alumna. – Cuando despellejes algún animal, debes dejar su piel y restos en un sitio alejado de donde planees comer y dormir. La piel será un señuelo para los insectos y para las aves de rapiña, lo que llevará a que cualquier humano interprete que pueda haber comida o algún animal muerto.

Cenaron en silencio y, después, contemplaron las innumerables estrellas que salpicaban el cielo; hacía frío y los dos se durmieron con una lumbre fuerte y envueltos en sus mantas.

Los días fueron pasando y los dos iban avanzando para el Este. Caminaban por el medio de la foresta o bosque o, a veces, por algún campo abierto; jamás se acercaban a ninguna carretera de alquitrán o pueblo. Sólo, en dos ocasiones, se cruzaron con otros seres humanos, pastores, se saludaron con un rápido movimiento de cabeza y siguieron caminando sin detenerse.

- Sara, tienes que tener atención y no te acerques a la carretera. Ésta es vigilada y podrás encontrarte con ladrones. Evita entrar en pueblos, a no ser que estés herida. Los pueblos están controlados por cámaras y por la policía, no conviene llamar la atención.

Una vez más, el maestro de Sara había cazado un pequeño jabalí, y mientras ella despellejaba la piel del animal y le retiraba los intestinos, el hombre hacía una hoguera en un lugar recóndito. Cuando Sara se acercó a la lumbre con el cadáver del animal en brazos, su maestro volvió a aconsejarle:

- Busca siempre un lugar semioculto para hacer una hoguera. De día prepara un fuego pequeño con madera seca, los troncos verdes podrían hacer demasiado humo y eso llamará la atención. Mientras que de noche, no tienes que preocuparte por el humo, pero sí con el destello que pueda producir, pues éste podrá ser visible a varios kilómetros de distancia.

Echaron la sal en la carne y la dejaron caer directamente al fuego, de inmediato sintieron el olor de la carne quemada y eso les abrió aún más el apetito.

- Si se acercan a mí, ¿Cómo podré saber si son Vándalos o el grupo Aurka? ¿Cuál es la diferencia entre ellos?

- Ya deberías saber esa respuesta, Sara. – el maestro contestó inmediatamente con un tono áspero, mientras iba girando la carne entre las brasas. – Los Vándalos están más allá de los Pirineos, en algún lugar entre la nación Serrana y la región Sacra. Si te encontrases con ellos, sólo tendrás dos opciones: luchar o huir. En el caso de que seas atrapada con vida, te convertirás en su esclava sexual, te violarán y tendrás hijos de cualquiera. Son hombres sin leyes ni principios.

Sara observaba como la expresión de su mentor denotaba odio y repulsa cuando hablaba de los Vándalos.

Ella no conocía la edad exacta de su maestro, posiblemente tendría unos cincuenta años. Era muy moreno, delgado, de origen magrebí; no tendría más de 1.75m de altura, pelo siempre rapado, rostro puntiagudo con algo de barba blanca y unos ojos pequeños. Quien no les conociera diría que eran padre e hija, por el color de la piel. Él continuó:

- Los Aurka son un grupo rebelde al régimen actual, ellos se proclaman como la resistencia y tienen como objetivo reclutar personas que quieren cambiar el sistema y poner bombas en sitios emblemáticos del régimen, sobre todo en cuarteles del ejército y de la policía. Tienen principios, no son unos salvajes como los Vándalos.

- ¿Crees que hay justificación alguna para lo que hace el grupo Aurka? O sea, ¿que el régimen actual es maligno y que en la Era Antigua se vivía mejor?

El hombre se quedó algún tiempo con la mirada fija en las brasas, como si estuviera reflexionando sobre la pregunta. Después, mirando a Sara, intentó descifrar si era una pregunta honesta o si había alguna otra intención.

- Los medios que utilizan no justifican los fines. Creo que ni ellos mismos saben bien lo que quieren. – compartió la mitad de la carne con su alumna y se aseguró de cambiar de tema. – Mañana llegaremos al desfiladero de la Yecla. A partir de ahí tendrás que seguir sola.

Sara sintió un dolor fuerte en el estómago, como si la carne que terminara de ingerir estuviese envenenada, le entró miedo e inseguridad; dudó de sus capacidades. Su maestro le observaba y fácilmente identificó esas señales en su comportamiento.

- No tienes por qué preocuparte, Sara, sabías que este día llegaría y estás lista para esto.

Sara bajó la cabeza, estaba sentada en el suelo, con las piernas cruzadas y tenía el lomo del animal en su mano, pero, ahora, le costaba seguir masticando. ¿Quizá no estuviese preparada para esto? ¿Podría volver atrás?

Su maestro, viéndola tan cabizbaja, intentó crear un ambiente más familiar, en esa última noche que pasaban juntos.

- Sara, ¿tú te acuerdas de tu padre?

¿Cuantas veces había oído ella aquella pregunta? Decenas o tal vez en centenares de ocasiones. Algunas veces, inventaba anécdotas graciosas entre ella y su padre, pequeñas historias donde su padre demostraba ser un hombre lleno de humor y compasión y ella una niña traviesa. Pero, aquella noche, no tenía por qué mentir.

- Él murió cuando yo tenía seis o siete años, prácticamente no me acuerdo de nada. Tengo el recuerdo de estar con él, con mi madre y mi hermana en el campo. Teníamos un perro y estábamos jugando con él, tirándole una pelota para que el cachorro la cogiera. Mi madre fumaba y mi padre se reía, era posiblemente al final de alguna tarde de verano, hacía calor y había reflejos brillantes del sol. Me acuerdo de otra ocasión, en la que jugaba con él y con mi hermana, haciendo un castillo de arena en una playa. Recuerdo nuestras carcajadas.

El maestro parecía encantado escuchando la historia y se le veía relajado, sentado también en el suelo, apoyando la espalda en un pequeño árbol.

- Maestro, ¿tú dónde estabas cuando se dio el ataque extraterrestre?

- En un camping, con mi mujer e hijos. A unos cien kilómetros al sudoeste de Casablanca, que era el nombre de una ciudad importante de Marruecos. Ellos no atacaron el camping.

- ¿Y cómo viniste a parar aquí?

- Nosotros fuimos de los primeros refugiados que huimos a la Península Ibérica, antes de que el Imperio Serrano hubiera entrado en el Norte de África. La situación ya era complicada, con la falta de bienes de primera necesidad y además teníamos que soportar a los “señores feudales” que en nombre de la religión querían la mitad de nuestra comida. Tuvimos que huir.

- Maestro, ¿echas de menos la Era Antigua?

La charla estaba siendo agradable y amena, el hombre tardó algún tiempo en contestar a la pregunta, parecía que estaba pensando y recordando una vida pasada.

- Echo de menos a los amigos y familiares que perdí. También había cosas positivas en la Era Antigua.

- ¿Por ejemplo? Sin tener que pensar mucho, ¿qué era lo mejor o lo peor en la Era Antigua?

Sara estaba animada, era muy raro poder hablar con su mentor sobre asuntos fuera del ámbito de la supervivencia y consejos militares. Ahora comía a buen ritmo.

- Yo diría que lo mejor era, sin duda, la cantidad de arte que se producía. Era imposible consumir todo el arte creado en aquella época: música, cine, libros, pinturas. La población mundial era inmensa, al contrario de hoy, que somos pocos y tenemos otras preocupaciones. Y lo peor, - hizo una pausa – casi todo, pero sobre todo la obsesión por el dinero y por el éxito.

- O sea, ¿crees que estamos mejor?

- Yo diría que sí, sin embargo, depende de la perspectiva de cada uno. Seguramente miembros del grupo Aurka dirían que no, que vivimos en tiempos de opresión.

- ¿Tienes ganas de regresar junto a tu familia?

- Por supuesto. – dijo él, sonriendo. – Pero ha sido un placer hacer este viaje, seguramente contaré esta historia a mis nietos.

Los dos se rieron y se prepararon para dormir. A Sara le costó un poco más dormirse, el día siguiente emprendería viaje por su cuenta; sola, sin saber que peligros podría encontrarse y sin opción a volver atrás.

A mitad de la tarde, llegaron al desfiladero de Yecla, era un lugar repleto de piedras gigantescas, con un camino tortuoso entre ellas; verdaderamente magnífico, observó Sara. Al lado del camino y también entre las piedras había un pequeño arroyo que corría a gran velocidad. Hacía muchísimo frío y amenazaba con llover en algún momento.

- Parece que llegamos al fin del camino. – dijo el hombre, con la capucha puesta en su cabeza, para evitar el frío y la humedad que hacía en aquel lugar. – este sitio está igual que en mi última visita, hace 35 años, cuando vine con mis padres.

Sara temblaba de frío y también de los nervios. Era la despedida.

- ¿No puedes seguir un poco más, maestro?

- No tienes nada que temer, Sara. Sigue el mapa que te hice y recuerda los consejos que te di.

Se abrazaron, emocionados. Sara tenía los ojos llenos de lágrimas.

- Gracias, maestro, nunca te olvidaré.

- Yo tampoco a ti, Sara. Acepta un regalo de despedida.

Sara recibió un pequeño paquete, las lágrimas ya le caían por el rostro.

- ¿Qué es? – y, sin esperar la respuesta, lo abrió - ¿Un reproductor solar de música?

- Sí, para que oigas un poco de música, mientras hagas el camino, pero sólo cuando estés segura de que no hay ningún peligro.

Agradeció con un fuerte abrazo a su profesor, se limpió las lágrimas y se fue alejando de él. Después de cincuenta metros, miró hacia atrás y confirmó que él todavía seguía ahí, parado, de pie, mirándole, le dijo adiós alargando el brazo y giró a la izquierda, desapareciendo entre las enormes piedras.

¿Qué música pondría su maestro en aquel reproductor? Seguramente tuvo la ayuda de sus amigos. Miró el mapa y la brújula que su mentor le había entregado, se colocó los auriculares en los oídos y escuchó la primera canción. La identificó enseguida, en los primeros acordes: In for the kill, de su artista preferida de la Era Antigua, La Roux. Soltó una leve risita, tocó su arma con la punta de los dedos y siguió el camino con el ánimo renovado.



III



Pocos minutos antes de la hora de partida, un último vagón fue añadido a la parte final del tren. Al maquinista le pareció raro y se dirigió hasta allí, pero al encontrarse con soldados de un comando especial armados, decidió regresar a su puesto de trabajo.

Dentro del vagón, había alrededor de veinte hombres, entre ellos, dos de los principales elementos del entonces autoproclamado Imperio Serrano: Gustavo Correia, el presidente del gobierno y su ministro de defensa, Paulo Morais.

Gustavo estaba excitado, ya hacía bastante tiempo que no participaba en una operación similar, intentó recordar la última vez que estuvo en una intervención militar y tuvo dificultad en precisar la fecha. Iba sentado al lado de la ventana, con las botas encima del asiento delantero y, a su lado, el ministro de defensa tenía varios papeles e informes para tratar con Gustavo, durante las ocho horas de viaje que hacían los dos juntos. Cuatro de ida y otras cuatro de vuelta.

- Mira, Gustavo, aquí tenemos un asunto muy gracioso. – el ministro de defensa, con acento brasileño, parecía divertido. – Su secretaria pregunta aquí: ¿qué regalos o recuerdos quieres llevar a la próxima reunión con el representante de la región Sacra?

Los dos echaron una enorme carcajada. Era un chiste que sólo ellos entendían.

- Yo diría que no habrá regalos en nuestra próxima reunión, sólo sorpresas. – Gustavo no conseguía terminar la frase de tanto reír.

- Habrá una gran barbacoa en la próxima reunión. – Paulo Morais ya lloraba de tanto reír. Cuando consiguió controlar la risa, puso un semblante más serio. – Tenemos que hablar sobre esa operación, se está acercando.

Paulo Morais era originario de Minas Gerais, más concretamente de la ciudad de Divinópolis. Era negro, tenía casi dos metros de altura. A los veinticinco años, dejó Brasil y emigró hasta la ciudad de Zaragoza. Era profesor de capoeira y jiu-jitsu, y enseñó en una academia de la ciudad durante diez años, hasta el día en que el planeta Tierra fue atacado por la nave aparcada en la Luna.

En ese preciso día, al igual que todos los domingos, Paulo tenía la costumbre de salir con un compatriota suyo a correr varios kilómetros por un parque natural, conocido por ser también un observatorio de aves. Los dos vieron cómo, en el horizonte, la ciudad de Zaragoza se llenaba de humo.

En los primeros tiempos, después del ataque, Paulo y su amigo deambularon sin rumbo buscando comida en casas abandonadas, huertas, contenedores de basura, pajares, etc. Se encontraron con otras personas, sobre todo hombres y crearon una especie de banda. Eran nómadas, robaban cualquier cosa, cazaban, pescaban y dormían casi siempre a la intemperie.

Un día, el compatriota de Paulo sufrió una muy mala caída y falleció, los restantes miembros del grupo quisieron comérselo, estaban hambrientos. Paulo se les enfrentó, su amigo merecía un funeral digno. Fue la culminación de una amistad entre ladrones. Paulo ya andaba disgustado con su grupo, por la falta de principios que les conducía. Además de rateros, algunos agredían sexualmente a mujeres que encontraban y llamaban “maricón” a Paulo por rehusar a comportarse de igual modo. La banda se separó con intercambio de palabras y golpes.

Paulo celebró el funeral de su amigo y se dirigió hacia el Oeste. Había rumores sobre el nacimiento de una civilización.

Tuvo una rápida adaptación a la región Serrana. Se alistó en el ejército y enseguida ascendió en la jerarquía. Era un líder nato, siempre de buen humor, animando a sus camaradas y creía además en los principios de la entonces pequeña nación Serrana.

Llegó a General y su popularidad era de tal índole que semanalmente empezó a hacer un programa radiofónico, donde contaba anécdotas, incentivaba a los jóvenes a practicar deporte y autodefensa. Daba hurras al gran líder Gustavo y a los hechos y glorias de la nación. De la radio pasó a la tele, su popularidad aumentó, lo que llevó a Gustavo a ofrecerle el puesto de ministro. Era claramente una de las personas más populares del gobierno y sus muchas expresiones de Minas Gerais, eran ya usadas habitualmente por la población, en las calles.

Gustavo observaba el paisaje, se dirigían al Norte: los alcornoques y encinas eran sustituidos por pinos, eucaliptos y robles. La vegetación era más verde, más densa. Los vestigios humanos eran pocos. Atardeció pronto y Gustavo dejó de poder disfrutar del paisaje, desde la ventana sólo veía la oscuridad de la noche y el reflejo de su propia figura. Tenía 52 años, su rostro redondo estaba más alargado, con una piel flácida y un cuello más gordo. Todavía era delgado, aunque ya se notaba una pequeña barriga. Sus ojos azules estaban más apagados, cansados, con más arrugas a su alrededor. Estaba casi totalmente calvo, el poco pelo que aún tenía era blanco y lo llevaba muy corto casi rapado. Lucía una barba corta y bien arreglada, prácticamente blanca.

El viaje llegaba a su fin. La comitiva salió con alivio del vagón, todos tenían ganas de acción. A la salida de la estación, dos camionetas con caja abierta les estaban esperando. El grupo se dividió en dos: el primero fue directo a la comisaría de policía para ocuparla y arrestar al comandante y resto de policías por corrupción, mientras el segundo grupo fue en dirección a la casa del famoso empresario de aquella localidad.

Gustavo y Paulo iban en el segundo grupo, con otros siete u ocho hombres más. Aquel pequeño pueblo estaba aumentando a pasos agigantados, con varias fábricas de muebles y un aumento también en el número de habitantes, que se acumulaban en los edificios colindantes con dichas fábricas. A Gustavo no le gustaba lo que veía. Las leyes sobre edificación que él había aprobado para todas las regiones no estaban siendo respetadas aquí. Había inmuebles demasiado altos, sin aprovechamiento de energía solar. Se mostró irritado.

Cruzaron la localidad y giraron en dirección a una pequeña colina, donde por encima se elevaba una majestuosa villa. Acercándose, se encontraron con una gran verja y un policía que se interpuso en el camino, con una escopeta en la mano. Todos salieron del coche y el policía se extrañó de ver a tanta gente armada y de uniforme. No reconoció a nadie, y sólo cuando sus ojos se fijaron en el enorme negro fue cuando identificó al personaje de los programas televisivos.

- ¿Qué estás haciendo aquí, pelotudo? – gritó Paulo al policía, que tenía treinta centímetros menos que él.

El hombre quedó pálido, muy nervioso y se colocó en una postura rígida militar.

- Sólo estoy cumpliendo órdenes. - dijo temeroso, en voz baja.

- Su obligación no es guardar la verja a ningún magnate, es patrullar las calles. Su deber, cuando recibe una orden que va en contra de los principios que usted ha aprendido en la academia de policía, es denunciarla, pudiendo y debiendo hacerlo de forma anónima.

Gustavo mandó a dos de sus soldados guardar la entrada, junto al policía, al que despojó de su arma.

El grupo entró en la propiedad, que recordaba a las películas de la Era Antigua. Un hermoso jardín con un césped bien cuidado, repleto de flores coloridas y algunas pequeñas estatuas para decorarlo. Precisamente en el centro de la propiedad y ya cerca del edificio principal, había una rotonda, que estaba engalanada en el interior por una fuente que emanaba agua en varias direcciones.

Antes de entrar por la puerta principal, los hombres examinaron los coches que estaban en el garaje. Todos pertenecían a la Era Antigua, vehículos de colección, caros, tratados con delicadeza, una verdadera reliquia. Les parecía encontrarse en un museo, observando viejos objetos de una civilización perdida en un periodo lejano.

Gustavo batió con fuerza tres veces en la puerta principal, apareció el mayordomo, que estaba esperándoles y les recibió con una amplia sonrisa, acompañándoles por la espaciosa casa hasta la estancia donde sus señores cenaban. Al igual que el exquisito jardín y el admirable garaje, la casa del empresario era una lujosa mansión: cuadros, alfombras, estatuas, candelabros, muebles, era todo extremadamente ostentoso, costoso, extravagante, de alguien que tiene la necesidad de mostrar su status económico. El mayordomo abrió la puerta de cristal, donde se encontraban sus patrones. Todos los hombres entraron revólver en mano, con Gustavo y Paulo en último lugar.

Los dueños de la casa, al inicio, no entendieron aquel barullo y alboroto, pero, cuando vieron la presencia de los dos últimos hombres, supieron que tendrían problemas.

- Pido perdón, damas y caballeros, por interrumpir su agradable velada. – Gustavo avanzaba por el salón, guardando el revólver, con una actitud cínica y una mirada penetrante, llena de confianza. – Aunque tengo la certeza de que ustedes ya estaban esperándonos.

Los siete miembros de la familia cenaban sobre una preciosa mesa de roble macizo, marrón oscuro. La mesa estaba repleta de bandejas, la comida se veía deliciosa. Los dueños, al observar a los hombres, se quedaron en shock, rígidos, como si fueran estatuas, sin saber cómo comportarse. Había una criada en un rincón del salón.

- Usted. – Gustavo apuntó con el dedo en dirección a la criada. – Lleve a los niños a jugar al jardín.

Los dos chicos, con miedo, miraban a sus padres, esperando la aprobación de ellos; salieron de la habitación con la criada, confusos y con recelo.

Gustavo se encontraba en un extremo de la mesa y miraba con curiosidad al otro lado, donde se hallaba el empresario.

- Ya sabéis porqué estoy aquí, ¿verdad? – silencio, los anfitriones estaban cabizbajos, en tensión. – Yo avisé. Yo repetí varias veces que usted no podía vivir de esta manera. – Gustavo abrió los brazos, como demostrando el lujo que había en la casa. – Usted no me quiso oír, por eso he venido hasta aquí para poner los puntos sobre las íes. ¿Cómo pueden justificar vivir con tamaña riqueza, mientras sus trabajadores son explotados y viven en contenedores junto a las fábricas? ¿Cómo se atreve usted a utilizar a la policía a favor sus intereses?

Gustavo hablaba con vivacidad, mirando directamente a los ojos del empresario, que evitaba el contacto visual. Continuó:

- ¿De verdad que necesitan todo esto? ¿Para qué? ¿Para intentar impresionar a los visitantes? ¿No sería más apropiado abrir una biblioteca o un hospital? ¿Una beca de investigación con su nombre, igual que hicieron otros empresarios? Pero no, ustedes todavía creen que viven en la Era Antigua, que quien tiene dinero está por encima de la ley. Que pueden vivir con tanta opulencia, mientras los demás se comen sus migajas. Su contribución al pueblo y a nuestra sociedad podría ser determinante, pero su codicia y prepotencia hicieron que ustedes creyesen estar por encima de la ley.

El hijo del empresario intervino:

- Mi padre es un hombre digno, creó estas fábricas y dio trabajo y comida a muchas familias, usted debería estarle agradecido.

El empresario temió lo peor, miró a su hijo, reprobando el comentario, mientras el joven miraba con un aire desafiante al emperador. Gustavo y Paulo, que al principio se sorprendieron de la intervención del joven y a continuación rieron de forma ostentosa, mientras Gustavo hacia una pequeña señal con la mirada a Paulo, que con un movimiento admirablemente veloz, para un hombre de cincuenta años, golpeó violentamente el rostro del joven, cayendo al suelo junto con la silla donde estaba sentado. Los demás miembros de la familia gritaron y se llevaron las manos a la cabeza o en la boca, llenos de aprehensión. El hijo, medio aturdido, intentó recuperar los sentidos y sintió la bota de Gustavo en su cara, a oprimiéndolo contra el suelo.

- Señor Bernardo Bonifacio, director de recursos humanos de las empresas de su padre. Usted no es más que un vividor. Siempre vivió a la sombra de su papá, con todos los lujos de un niño mimado, aprovechándose de su posición para contratar a quien le era conveniente. ¿O usted cree que no sabemos que tiene dos hijos bastardos? Fruto de los abusos sexuales infringidos a las trabajadoras a cambio de contratarlas. Y esto, claro, con el consentimiento de su esposa y resto de la familia. – Gustavo miró a la mesa, donde los demás familiares se mantenían cabizbajos mientras se oía el llanto de una mujer. – Son personas como usted las que deberían ocupar nuestras cárceles, trabajando diez o doce horas diarias, para así valorar el trabajo y dejar de ser un parásito.

Gustavo dio una patada en el estómago de Bernardo, que gimió de dolor. Su madre se levantó y se arrodilló a los pies de Gustavo, con el rostro lleno de lágrimas y las manos unidas.

- Por favor, perdone a nuestro hijo, la culpa es nuestra.

- La culpa es de todos. Todos pactaron esta situación.

Paulo agarró a Bernardo y, de manera brusca, volvió a sentarlo en la mesa. Éste, con la cara aún retorcida de dolor, conformado, humillado y acurrucado en su silla con la frente sobre la mesa. Gustavo prosiguió:

- No seré yo quien los juzgue. Para eso nos ha acompañado un juez que evaluará in situ su actitud con respecto a nuestra sociedad. Al contrario de lo que sucedía en la Era Antigua, no serán necesarios los abogados ni habrá recursos. El señor juez dictará su sentencia, esta misma noche.

Un hombre, entrado en años, miraba a todo con indiferencia desde un rincón del salón. Él era el juez, que intercambió una rápida mirada con Gustavo y éste último siguió:

- Pero como soy un líder benévolo, quiero dar una oportunidad a algunos de los miembros de esta familia. A priori, tanto Bernardo como sus padres van a pasar los próximos quince años en la cárcel, sometidos a trabajos forzados, pero yo no quiero dejar a los dos pobres niños en ausencia de su padre y de su madre, por lo tanto, voy a daros una oportunidad a vosotras dos.

Las miradas ahora se posaban sobre en la hermana y la esposa de Bernardo. Permanecían cabizbajas, nerviosas, sin poder ocultar el pánico que las azotaba.

- Yo quiero que vosotras me digáis: ¿dónde está el dinero? – hizo una pausa. – Yo sé que sabéis donde está escondido el dinero. Si queréis colaborar conmigo, podréis permanecer en esta casa, os quedaréis con algún terreno para sobrevivir y seréis perdonadas de ir a la cárcel y los niños a un orfanato.

La esposa de Bernardo levantó la cabeza y, con una mirada confiada, dijo:

- Detrás del retrato de familia, que está detrás suyo, excelentísimo emperador, está la caja fuerte. Ahí está una parte del dinero.

La mirada de Gustavo permaneció en la esposa de Bernardo; “las ratas son las primeras en abandonar el barco”, pensó. Posiblemente, esta mujer estaría aguantado todo tipo de humillaciones y vejaciones por parte de la familia y sobre todo, por parte de su esposo. Y, ahora, cuando veía que el navío se hundía, decidía salvar su pellejo, agarrándose a la boya de salvamento. Un soldado retiró el retrato y confirmó la existencia de una caja fuerte.

- Ahora, quiero que seas tú, – apuntó con el dedo a la hermana de Bernardo – la que me digas, ¿cuál es el código?

La joven temblaba como una hoja en un vendaval, miraba desesperada a los restantes miembros de la familia, sin saber si permanecer fiel a ellos o intentar salvarse, igual que hizo su cuñada. Sus dudas eran mayores, aunque hubiera criticado en innumerables ocasiones la forma en que sus padres malgastaban el dinero, siempre tuvo una vida cómoda y facilitada por el poder de su progenitor. Su cuñada estaba dispuesta a dar el código, pero Gustavo le hizo una señal para que callase, quería que la hija del empresario se decidiese.

- ¿Quieres quedarte por aquí con tus sobrinos o prefieres ir con tu familia a la capital de Imperio, a las acogedoras instalaciones carcelarias?

Todos reían, con excepción, por supuesto, de la familia en cuestión. El empresario hizo una señal con la mirada a su hija, para que ella dijera el código y salvara la vida. Ella, bañada en lágrimas, con la voz débil, quebró el silencio que se dio después de las carcajadas:

- 17854.

- ¡Bravo! Conocíamos el código, pero queríamos saber si ibas a ayudarnos o no. Ahora, vas a decirnos dónde está el resto del dinero. Será entregado a la comisión del pueblo, para que abra una biblioteca o algún polideportivo, tal vez un parque infantil. Una parte será también para los dos hijos que el gusano de tu hermano no quiso reconocer. Las fábricas serán gestionadas por alguien competente y menos pretencioso.

La operación se saldó con enorme éxito: los policías corruptos, el empresario, junto con su mujer e hijo fueron encarcelados. El dinero y el material aprehendido fueron entregados al comité local para realizar obras sociales. Los medios de comunicación estatales, llamados al lugar, comprobaron y transmitieron a todos los rincones del imperio que nadie estaba por encima de la ley, y que quien no cumpliera las normas, correría la misma suerte que aquellos tristes elementos. Éstos, antes de ser trasladados a la cárcel, tuvieron que admitir su culpabilidad ante de los medios de comunicación y pedir perdón, enumerando todos los crímenes cometidos.



ENCUENTROS Y DESENCUENTROS



I



Matthias terminaba un día más de trabajo en su nueva huerta. Ya habían pasado algunos meses desde su llegada a Biriatu. El Estado le había proporcionado, tanto a él como a su familia, una pequeña casa y un terreno de media hectárea.

La huerta se hallaba en una zona de marismas, cerca del río que pasaba por la región, el Bidasoa. La tierra tenía un color oscuro, muy fértil, con una alta tasa de materia orgánica, ideal para el uso agrícola. Matthias había aprovechado cada uno de los centímetros de su nueva propiedad. Cebollas, habas, pimientos, patatas, lechugas, tomates eran algunos de los productos que cultivaba. Además, tenía un pequeño corral, donde había patos, gallinas y conejos. Casi todo lo que producía en su huerta era para consumo familiar, el excedente lo vendía en el mercadillo que semanalmente se celebraba en el centro de la localidad.

Matthias se sentó tranquilamente a disfrutar de los últimos rayos de sol de aquel día, miraba en dirección al pueblo que le había acogido. Desde su posición, veía el casco viejo, la zona que había sobrevivido al ataque, encima de la colina. Por detrás de ésta, había muchas otras colinas y montes, una inmensidad verde. Biriatu era un pequeño punto, una pequeña isla, rodeado de frondosos bosques.

Dejó su terreno y avanzó en dirección a la ciudad. Saludó a algunos agricultores, que, como él, empezaban a abandonar las marismas. Aunque su casa quedase en la zona nueva de la localidad, en la parte de abajo de la colina, a Matthias le gustaba siempre dar un pequeño paseo por el casco viejo de Biriatu. Subía la empinada colina, deambulaba por algunas calles estrechas y pasaba al lado del frontón, donde habitualmente había partidos de pelota, pero era también el sitio donde se realizaba el mercado semanal. Después, subía hasta la iglesia y, al lado de ésta, pasaba por un túnel y entraba en el cementerio. Cruzaba el camposanto y bajaba algunos escalones que daban a una carretera, en el otro lado, estaba el barrio prohibido.

El barrio prohibido se situaba en una ladera del Río Bidasoa. Era un barrio nuevo, construido ya con la nación Serrana. Las calles eran anchas, muy limpias y estaba constituido esencialmente por comercio. Había algunos pequeños casinos, bares para consumidores de drogas, tales como la marihuana, cocaína u opio. Pero lo que más le llamaba la atención de Matthias era la zona donde se encontraban las prostitutas. Era una calle donde los edificios tenían dos pisos, con ventanas bastante amplias, donde se podían ver mujeres, esperando a que surgiese algún cliente. Matthias vagaba despacio y tímidamente por la calle, colocándose en una esquina de un edificio desde donde podía observar, sin ser visto, una prostituta por la cual se sentía atraído.


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